Maduro: el huésped incómodo y “la apatridia oficial”

Por Silverio José Herrera Caraballo

Recibir a Maduro no sería un gesto diplomático, sino la confirmación de una complicidad ideológica que convierte a Colombia en refugio de un régimen acusado de destruir la democracia venezolana.

Que nadie se llame a engaños: la propuesta del gobierno de Gustavo Petro de recibir y proteger a Nicolás Maduro en Colombia no es un gesto diplomático, ni un acto humanitario, ni una apuesta estratégica por la estabilidad regional. Es, simple y llanamente, la confirmación del alineamiento ideológico, político y emocional con uno de los regímenes más cuestionados, señalados y vinculados a estructuras criminales en todo el continente. Es, además, un acto de desfachatez diplomática que hiere la dignidad de la nación colombiana, traiciona el sentimiento de millones de venezolanos exiliados en nuestro territorio y expone, con obscena claridad, la complicidad que desde hace años se sospecha entre los inquilinos de la Casa de Nariño y el cartel de poder que controla Caracas.

Porque no nos equivoquemos: proteger a Maduro no es proteger la democracia, es proteger a quien la destruyó. No es defender la paz, es escoltar al responsable de la ruina humanitaria, política y económica más devastadora de la región en un siglo. Y es, sobre todo, una confesión involuntaria de miedo: Petro sabe que, si cae Maduro, su proyecto tambalea; si se derrumba Miraflores, la respiración política del pacto del 2022 se corta. Y ahora, ante un escenario de presión internacional inédita, el mandatario colombiano pretende convertir a Colombia en un refugio de lujo para el responsable del éxodo de más de siete millones de hermanos venezolanos.

Resulta indignante, por decir lo menos, escuchar a la canciller Rosa Yolanda Villavicencio declarar con tranquilidad que si Maduro “pidiera protección”, Colombia “no tendría por qué decirle que no”. ¿No tendría por qué? Claro que tendría. Tendría razones jurídicas, morales, históricas y políticas. Razones de respeto a los tratados internacionales, razones de decoro nacional, razones éticas, razones de mínima dignidad. Pero este gobierno ya renunció hace rato al pudor diplomático.

Petro, por su parte, intenta maquillarlo de filosofía política: habla de “revolución democrática”, de “amnistías generales” y de “transiciones incluyentes” (Ya conocemos su experticia en cambiar los significados de los delitos de manera retorcida). Palabras bonitas para encubrir lo que realmente significa: prepararle la alfombra roja al régimen que él mismo ha defendido por décadas, así toque disfrazarlo de oportunidad histórica. Pero no se puede llamar revolución democrática a lo que fue la demolición sistemática de todas las libertades. No se puede llamar transición a lo que es un salvavidas para el caudillo. Y no se puede llamar soberanía a la complicidad.

La región entera sabe que Maduro no teme a las urnas; teme a la justicia. No le preocupa la democracia; le preocupa la extradición. No le inquieta la transición; le inquieta la posibilidad de que sus generales lo abandonen, que los expedientes se abran, que los secretos se filtren. Ese es el verdadero motivo por el cual Colombia se ofrece como búnker, como si nuestro territorio fuese un santuario para líderes perseguidos por causas nobles y no, como lo sería en este caso, un escondite para el jefe de un aparato que ha sido señalado por narcotráfico, represión sistemática y violaciones masivas de derechos humanos.

Petro sabe que, al proteger a Maduro, se protege a sí mismo. No políticamente, sino simbólicamente. Porque su proyecto político ha sido hermano ideológico del chavismo, porque su campaña recibió simpatías internas dentro del aparato venezolano (eso nadie lo ignora) y porque su discurso siempre ha orbitado alrededor de la reconstrucción del viejo sueño bolivariano de izquierda continental. La caída de Maduro sería, para Petro, la evidencia de que los modelos autoritarios disfrazados de justicia social no son sostenibles. Y eso, en pleno 2026 preelectoral colombiano, sería letal para su legado.

Pero hay algo aún más grave: ofrecer protección a Maduro mientras Estados Unidos despliega tropas, grupos de ataque y operaciones diplomáticas de máxima presión es intervenir en el escenario más tenso del hemisferio con una ligereza impropia de un estadista. Un país serio no se mete a protector de un dirigente acorralado, designado como responsable de una organización terrorista extranjera, ni se convierte en anfitrión de fugitivos políticos disfrazados de mártires. Eso no es diplomacia: es imprudencia estratégica y servilismo ideológico.

Y aquí entra un punto que en Colombia no podemos callar: si Maduro cae, muchos engranajes en Colombia también quedan expuestos. No solo los políticos. No solo los discursos. También los acuerdos, los silencios, las permisividades, los corredores fronterizos, las omisiones calculadas y las coincidencias sospechosas. Quizá por eso Petro está tan afanado en construirle un puente de plata al vecino.

En últimas, ofrecerle protección a Maduro no es solo un error político: es un acto de “apátrida moral”. Es ponerse del lado equivocado de la historia en el momento en que el continente exige claridad ética. Es darle la espalda a los migrantes, a las víctimas del régimen, a los presos políticos, a los exiliados, a los desaparecidos. Es decirle al mundo que Colombia está dispuesta a ser guarida, pero no garante.

Y eso, para un país que ha sufrido tanto por culpa de los actores ilegales y los gobiernos autoritarios de la región, es una ofensa que no puede normalizarse.

Si Maduro quiere huir, que lo haga donde lo quieran.

Pero Colombia no puede, no debe y no merece ser la casa de los dictadores.

Abstract
Y eso, para un país que ha sufrido tanto por culpa de los actores ilegales y los gobiernos autoritarios de la región, es una ofensa que no puede normalizarse.