Por: Silverio José Herrera Caraballo
Si algo enseña la historia reciente es que el poder absoluto suele crear la ilusión de la eternidad. Los dictadores, rodeados de escoltas, lujos y aduladores, terminan creyendo que el mundo empieza y termina en sus palacios. Por eso, el contraste (real o inminente) entre la opulencia del poder y la austeridad brutal de una cárcel federal estadounidense resulta tan demoledor. En ese contraste se explica el impacto simbólico que tendría ver a Nicolás Maduro, el hasta ayer hombre fuerte de Venezuela, enfrentando no multitudes uniformadas que lo aplauden, sino el silencio frío de una celda.
Desde la madrugada del sábado 2 de enero, versiones, filtraciones y análisis geopolíticos comenzaron a circular con fuerza: una operación de extracción de alto nivel, atribuida a fuerzas élite estadounidenses, habría puesto fin al largo reinado del heredero del chavismo. Más allá de lo sucedido y lo que puedan decir los tribunales y los comunicados oficiales, el escenario abre una reflexión inevitable: ¿qué significa para un dictador pasar del trono al encierro?
En Estados Unidos, cuando se trata de criminales de alto perfil, no hay concesiones simbólicas. Al llegar Maduro a New York para enfrentar juicio federal, como se ha informado sucederá posiblemente mañana mismo, su destino inicial podría ser una de las cárceles federales de máxima seguridad, esas que los propios reclusos llaman “el infierno en la tierra”. La más emblemática es la ADX Florence, en Colorado, conocida mundialmente como la Alcatraz de las Rocosas. Allí, las celdas miden aproximadamente 2 por 3 metros, construidas en concreto reforzado, con una cama de hormigón, un escritorio fijo y una pequeña rendija de ventana que no permite ver el paisaje, solo distinguir si es de día o de noche. El aislamiento es casi total: 23 horas al día en la celda, una hora de “recreación” en un patio individual, sin contacto con otros internos. Las comidas se pasan por una ranura metálica. El silencio no es cortesía: es método.
Allí No hay comitivas, no hay discursos, no hay cadenas obligatorias transmitiendo consignas. El horario es rígido, mecánico, inapelable. La disciplina no se negocia. El uniforme es igual para todos. El apellido no pesa. La revolución no tiene privilegios en el sistema penitenciario federal estadounidense.
Por esas celdas han pasado nombres que parecían intocables: Joaquín “El Chapo” Guzmán, Osama bin Laden (representado en reclusión previa por colaboradores), Ramzi Yousef, el cerebro del atentado al World Trade Center de 1993, y otros criminales que en su momento se creyeron invencibles. Todos compartieron la misma lección: el poder termina donde empieza la ley que sí se cumple.
El cambio de vida será brutal. Maduro pasó años moviéndose a sus anchas entre palacios, aviones presidenciales, banquetes, relojes de lujo y una élite militar diseñada para protegerlo más que para servir a un país. Ha pasado en menos de 24 horas, a pedir permiso para todo, a no decidir nada, a no mandar sobre nadie. De comandante supremo a interno federal. De discursos interminables a silencio obligatorio.
El recuento de lo ocurrido desde la madrugada de ayer, revela algo más profundo: con Donald Trump, el discurso y la acción no suelen divorciarse. No amenaza durante años. No improvisa guerras eternas. No hace poesía ideológica. Dice, anuncia y ejecuta. Le guste o no al mundo, ese estilo ha demostrado ser eficaz cuando se trata de enviar mensajes claros a dictaduras que confundieron retórica con poder real.
Aquí no hay romanticismo geopolítico. Hay pragmatismo. Y el mensaje ha sido contundente: los refugios políticos se acaban, los aliados circunstanciales desaparecen y los discursos antiimperialistas no sirven como escudo cuando llegan los fiscales federales.
Ahora bien, el cierre merece una dosis de ironía, porque la realidad también tiene sentido del humor. El hombre que hablaba de soberanía absoluta, que denunciaba cárceles imperiales, que se burlaba de sanciones y tribunales extranjeros, podría terminar contando los pasos de una celda de concreto en territorio estadounidense. El mismo que prometía “resistir hasta el final” descubrira que el final no siempre es épico, sino administrativo, con número de interno y horario fijo.
Del palacio al pasillo.
Del micrófono a la rendija metálica.
Del aplauso obligado al silencio impuesto.
Así funciona el poder cuando se agota. Y así, irónicamente, el infierno en la tierra no lo creó el imperio, sino la soberbia de quien creyó que jamás tendría que rendir cuentas.