¿Por fin coherencia presidencial o simplemente pánico?

Por: Silverio José Herrera Caraballo

Durante años, Gustavo Petro construyó su imagen internacional como la del líder rebelde, incómodo para Washington, crítico del “imperio” y convencido de que América Latina debía sacudirse la tutela política y moral de Estados Unidos. Ese Petro hablaba con épica, con retórica antihegemónica y con la convicción (al menos discursiva) de quien cree que la historia siempre termina dándole la razón al que grita más fuerte.

Hoy, ese Petro parece otro.

En una entrevista reciente, el presidente colombiano pronunció una frase que, hace apenas dos años, habría parecido imposible: “Mi futuro depende de Trump”. No fue una metáfora, no fue un lapsus. Fue una confesión cruda, casi íntima, que sonó menos a cálculo político y más a instinto de supervivencia. Y ahí surge la pregunta inevitable: ¿estamos ante un súbito acto de sensatez presidencial o ante el miedo desnudo de quien vio demasiado de cerca lo que le pasó a Nicolás Maduro?

Porque el contexto importa. Y mucho.

La captura y judicialización de Maduro en Estados Unidos no fue solo un terremoto para el chavismo; fue una advertencia regional. Un mensaje sin adornos: el tiempo de la impunidad personal para ciertos líderes se está acortando, y los discursos soberanistas ya no blindan a nadie cuando el tablero geopolítico cambia. Petro lo entendió rápido. Quizá demasiado rápido para alguien que hasta ayer relativizaba sanciones, minimizaba advertencias y hablaba de Estados Unidos como si fuera un actor predecible y domesticable.

De pronto, Petro reconoce que está en la OFAC. Reconoce que una sanción no es un gesto simbólico, sino una parálisis económica y personal. Reconoce que su vida después de la Casa de Nariño no depende del aplauso de las plazas públicas, sino de archivos, reportes y decisiones que se toman lejos de Bogotá. Y, sobre todo, reconoce que Donald Trump (el mismo al que muchos en la izquierda caricaturizaron como un accidente de la historia) puede decidir si su futuro será el de un expresidente tranquilo… o el de un investigado incómodo.

¿Eso es coherencia? Tal vez.
¿Es pánico? Muy probablemente también.

El Petro que hoy habla de llamadas “salvadoras” con Trump no es el mismo que se ofrecía como mediador privilegiado entre Biden y Maduro, convencido de que su cercanía con el chavismo era una virtud estratégica y no un riesgo político. Ese rol de intermediario, que Petro exhibía con orgullo, hoy aparece bajo otra luz: la de quien estaba demasiado cerca del incendio cuando empezó a propagarse.

Cuando el presidente admite que temió una acción militar en Colombia, el mensaje es demoledor. No solo por lo que dice, sino por lo que revela: Petro sabe que su nombre circula en escenarios donde antes juraba que no tenía nada que temer. Sabe que ciertas decisiones (o permisividades) en materia de narcotráfico, seguridad y relaciones internacionales no se archivan con discursos, sino que se acumulan como antecedentes.

Y entonces llega el gesto más revelador: el regalo. Orfebrería precolombina para Trump. La imagen es casi literaria. El antiguo crítico del “imperialismo” preparando un obsequio simbólico para el líder del país que, según él mismo admite, puede definir su destino personal. No es diplomacia cultural; es teatro político en modo supervivencia.

El sarcasmo aquí se escribe solo: Petro no cambió de principios, cambió de escenario. La coherencia que ahora exhibe no es ideológica, es pragmática. No nace de una reflexión profunda sobre su política exterior, sino del cálculo frío de quien entendió que el margen de error se acabó. Que el mundo real no funciona como un hilo de X ni como una asamblea universitaria.

¿Eso lo hace más sensato? Sí, en parte.
¿Más honesto? Tal vez.
¿Más creíble? Ahí está la duda.

Porque esta súbita lucidez llega tarde y llega forzada. No es el resultado de una política consistente, sino de un shock: Maduro esposado, sanciones activas, advertencias explícitas y un Trump que no se esconde detrás de comunicados diplomáticos. Petro no corrigió el rumbo por convicción, sino porque vio el abismo y miró hacia abajo.

La historia juzgará si este giro le alcanza para garantizar una salida tranquila del poder. Pero lo que ya es evidente es que el presidente que decía no temerle a nadie hoy mide cada palabra, cada gesto y cada viaje. No es prudencia estratégica; es conciencia del riesgo.

En política internacional, el miedo no siempre paraliza. A veces ordena. Y quizá eso sea lo único positivo de este episodio: un Petro menos lírico, menos incendiario y más consciente de que el poder no protege cuando se pierde el cargo. Pero no confundamos el resultado con la causa. Esto no es una epifanía democrática. Es instinto de conservación.

En definitiva, no estamos ante un presidente que por fin se volvió coherente, sino ante uno que entendió (tarde) que la retórica no detiene investigaciones y que la historia reciente castiga a quienes creen que nunca les va a tocar.

Porque cuando Maduro cayó, muchos miraron la televisión.
Petro, en cambio, se miró al espejo.

 

Abstract
La historia juzgará si este giro le alcanza para garantizar una salida tranquila del poder. Pero lo que ya es evidente es que el presidente que decía no temerle a nadie hoy mide cada palabra, cada gesto y cada viaje. No es prudencia estratégica.