La Narco Constitución de 1991. Porqué Claudia, Mockus, Santrich y Petro personifican la decadencia de la Izquierda y la cultura política de Colombia

La Constitución de 1991 tiene que ser llevada a cenizas en una revolución cultural que le permita a la nación afrontar la modernidad que otros países del mundo ostentan.

El diagnóstico sobre los orígenes de la decadencia moral y económica de la nación, por lo general asociado a la labor de los políticos de turno, ha sido erradamente prescrito sin resultados visibles durante las últimas décadas. En este dilema, el problema deriva del hecho de que gran parte de los abordajes teóricos y gubernamentales que han tratado sin resultados de hallar solución, han partido de omitir la principal columna institucional que por al menos 30 años ha determinado el rumbo de la nación, la Constitución de 1991.

Es así como con el pasar de los años, las mismas leyes y los jueces han servido de excusa para que el país se halla llenado en su clase política, no solo ya de personas de dudosa reputación, sino directamente de criminales y cómplices parapetados en la sombrilla de la izquierda, y resguardados por el cuerpo normativo, anti colombiano, de la propia Constitución.

La Constitución de 1991 por su insoportable tamaño, es un cartapacio ideológico que fue en su momento firmado por un estado extorsionado, aterrorizado por un grupo terrorista aliado del Cartel de Medellín conocido como el M19.

En su contenido, desde su inicio, se relacionan tesis fantásticas sobre lo que debería ser un estado, ciñéndose literalmente a las ideas que dieron lugar a lo que se puede conocer como el marxismo latinoamericano, médicamente prescrito por la antigua Unión Soviética en su campaña de crear satélites regionales del comunismo .

Como resultado de los antecedentes históricos de la región, y el plan de subversión cultural del comunismo, Colombia se vió franqueado por grupos narcotraficantes y terroristas que hallaron lucro en matar, reclutar, violar y secuestrar civiles, fusionando la maldad criolla en un solo dispositivo paramilitar que unió a los principales cuerpos delictivos de la época; el Cartel de Medellín y el M19.

Es así como, desde 1991, los grupos terroristas y narcotraficantes lograron incorporar en el edificio constitucional de la nación -ante una clase civil y política acobardada y arrinconada-, sus tesis patológicas sobre Colombia, dividiendo al electorado entre la casta terrorista de la narcoguerrilla y el resto.

Hoy, casi 30 años después del golpe de mano ejecutado por el crimen de los 80, Colombia no para de entender por qué el país se llenó de narcotráfico y terrorismo, y porqué, a diferencia del resto del continente, potenció el narcoterrorismo al punto de incorporarlo en el Congreso de la República, sentando un nuevo precedente cultural de descomposición moral.

La respuesta radica en la estrategia de descomposición filosófica y cultural del comunismo, que desde la Constitución de 1991 dio nacimiento a una nueva generación de terrorismo legal, o auxiliador del crimen. Con la Constitución de 1991, esta generación poco a poco se personificó en la denominada “izquierda” colombiana, toda ella convertida en el dispositivo de ayuda de organizaciones narcotraficantes como las FARC, el M19, el EPL, el ELN o incluso los carteles de la droga, en un plan a largo plazo de decadencia moral del país.

Luego de 30 años, este plan ha logrado adoctrinar en un paciente trabajo de depravación a una gran parte de la población joven del país. Es así  como, con nuevos cuerpos políticos nacidos de la Constitución, esta nueva población fue enlistada en todo el aparato electoral, elevando a la categoría de líderes a una nueva casta de criminales indultados y auxiliadores legales que desde las propias instituciones, pacientemente, se encargaron de llevar a la nación al estado de postración actual.

Hoy por ello, a pesar del aparente poder electoral que ostentan, figuras como  Claudia López, Antanas Mockus, Jesús Santrich y Gustavo Petro, la izquierda colombiana esta fallecida como proyecto político o ideológico, cediendo toda la razón a una nueva Constituyente que destruya de raíz el germen terrorista de la Constitución del 91, y convierta al país en un proyecto implacable ante el terror y el adoctrinamiento.

Por estos motivos, figuras como Claudia, Petro, Santrich o Mockus, en vez de representar la izquierda, personifican la decadencia de la cultura política local, y un motivo de reflexión acerca del destino de la nación y las sociedades modernas. En suma, su existencia no es más que una fachada de ciudadanos que en el pasado defendían intereses ideológicos válidos en ejemplares como Alfonso López Pumarejo, Virgilio Barco o Alberto Lleras, evidenciando que la época del romanticismo marxista se acabó, y que Colombia requiere una reflexión profunda sobre su identidad.

Por estos motivos, la Constitución de 1991, en vez de ser sustentada como un pilar que caracteriza a Colombia como proyecto, tiene que ser llevada a cenizas en una revolución cultural que le permita a la nación afrontar la modernidad que otros países del mundo ostentan. De no ser así, los dantescos escenarios afrontados por vecinos como Cuba o Venezuela, se ubicarán siempre a la puerta de entrada, aupados por vedettes y terroristas esperando el momento para dar el golpe final de mano a los colombianos.

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