Santos contra las cuerdas - Opinión del Lector - El Nodo

Alejandro Jiménez Ciudadano colombiano - Lector de El Nodo

El presidente Santos,  fue reelecto por un país cansado de la guerra, el país que votó le concedió las llaves del Palacio Presidencial con un propósito: conquistar el sueño de millones de colombianos, La paz.

Hasta ese momento nadie pensó que su caballo de batalla  para ganar la presidencia se iría en contra de los intereses de toda la nación, al menos de las personas de clase media y de recursos escasos que son la mayoría del país.

El anhelo de paz prometía un país más justo, reactivar el campo, invertir en tierras para abastecer los alimentos de la canasta familiar y convertirnos en exportadores de alimentos  a países industrializados que a causa de su industrialización no tiene espacio donde cultivar. Colombia es un país agrícola, con bastos recursos naturales, que si se utilizaran en pro de la sociedad, y se eliminara la violencia se podría generar empleos y mejorar la calidad de vida.

Millones de colombianos en las elecciones presidenciales le apostaron al noble ideal de tener un Colombia prospera. De alguna manera se pensaba ingenuamente que el Presidente Santos, al ser economista, entendería las necesidades del país, lo conveniente de la reactivación del campo y la seguridad del  mismo y todo lo que se desprende de dicha premisa, seguridad vial, reactivación del turismo,  flujo económico de capital a lo largo y ancho del país, que resolvería los problemas que aquejan a muchas poblaciones. Los resultados serían muy valiosos, por ejemplo, los precios de la canasta familiar tenderían a bajar, la economía una vez reactivada generaría un aumento del consumo, la consecuencia directa de esto es un aumento de la oferta laboral, mayor empleo y por lo tanto del bienestar general, un país soñado sin duda alguna.

Pero al presidente Santos la situación se le ha salido de control y ha sucedido todo lo contrario. La realidad se distorsionó de tal manera que las ilusiones quedaron en vilo, una cortina de humo los cubrió y al caer la tarde se dispersó el hollín y la  cruda verdad cayó sobre millones de colombianos que observaron cómo su sueño se convertía en pesadilla. Todas las políticas públicas escondidas  con discursos   salieron del cajón, tomaron por sorpresa a los colombianos, quedando  un esqueleto que aterroriza sin más al ciudadano de a pie.

El principio  no es otra cosa que el tratado de paz con las Farc. Nada hay de malo en perdonar a los malhechores que infundieron miedo, asesinaron, torturaron, violaron, secuestraron y se llevaron a tantos menores de edad a sus filas, delante de indefensos padres que no podía hacer nada contra la sangre que dejan los fusiles. El perdón se podría lograr; algo de eso, en la memoria de un país como el nuestro, puede dejarse de lado y acordar la paz. Lentamente en el camino se desvió el concepto  de perdón y de justicia y se convirtió en una amnistía; tapada, claro, con el nombre de “acuerdos de paz”   y a eso lo llaman  “negociación” y hoy entre platillos  y bombos los medios de comunicación celebran este acto. Una paz que consiente la impunidad, una impunidad rampante, que asegura salarios a terroristas, a personas que desterraron de las tierras a campesinos honestos y que se vieron en la necesidad de salir del campo para organizar sus vidas en las ciudades como pudieron y eso no fue otra manera  que cargar con el rótulo de  “desplazados por la violencia” sinónimo de desesperanza y destierro. Manos acostumbradas a labrar la tierra, dispuestas a cultivar la comida que hoy se encarece y la que todos en nuestra mesa disfrutamos al fragor de la charla y que pronto se considerara un lujo.

 

El perdón es algo inteligente que se da en las sociedades cuando existe un verdadero arrepentimiento. Es la necesidad imperiosa de subsanar una falla. En Colombia no son los terroristas los que han buscado un acuerdo de paz, es el  gobierno quienes han  buscado a los malhechores para un acuerdo de paz, el gobierno les ha ofrecido las condiciones necesarias para que su desmovilización sea factible, cuando en realidad las FARC deberían dejar las armas sin más preámbulos, sin condiciones ni prebendas, pedir un perdón verdadero y entregarse a la justicia sin más, pagar sus delitos y reintegrarse a la sociedad una vez hicieran la correspondiente labor social . Nada de eso ha sucedido y es por  eso que las actuales negociaciones son un insulto a los colombianos.

Millones de ciudadanos  se levantan en la madrugada para destinarse a su lugar de trabajo, pasar ocho horas o más desgastándose física y mentalmente, para a final de mes recibir un mísero salario que no alcanza para nada, sin embargo, estas personas viven honradamente, sin robarle a nadie y luego descubren que es más valioso para su gobierno  ser un asesino, un delincuente con fusil y charnaque, intimidado pueblos, caseríos y saqueando los mismos; a esas personas que trabajan honestamente y reciben como prestación el olvido de sus derechos, el pisoteo constante de sus gobernantes, la ruina y los sueños rotos, ¿les es preferible, entonces, irse  al monte y desde allí, con cara de enojo y socialismo anacrónico, firmar un acuerdo para vivir bien en el país que ayudaron a destruir? 

El asombro ha sido mayúsculo, los medios de comunicación tradicionales han callado, por el contrario, se exalta a un presidente mediocre en las noticias, en las encuestas, exagerando su popularidad, al punto de incidir en la opinión con comentarios como: “el mejor presidente de Colombia”.  Negociar con terroristas no es del todo descabellado, existe un interés general, que las amenazas que existen sobre el país y su habitantes de bien, que son la mayoría, cesen; pero las condiciones definitivamente tienen que ser otras, las negociaciones no pueden terminar en impunidad, los guerrilleros deben y tienen que pagar por el daño cometido al país, no deben recibir ayudas económicas y tienen que devolver todas las tierras a los campesinos expropiados por este grupo al margen de la ley.

La justicia no puede hacerse machacando los valores, la dignidad y la memoria de miles de víctimas de este grupo. A sabiendas que es una amnistía disfrazada, se continúa el alarde de este proceso por los medios de comunicación nacionales e internacionales, dando a conocer las bondades del mismo.

 El acuerdo de paz no traerá beneficios como se pensaba  inicialmente, por ejemplo, la mayoría de los impuestos que se nos cobran irán a este “anhelado proceso”, así como todos los recursos pertenecientes a la nación y que hoy en día nos son arrebatados y vendidos por cifras insignificantes que no pueden ser remplazados ni por el oro del barco hundido Golden Gate ¿ O por qué fue necesario deshacerse de Isagen?, deshacerse es una palabra muy fea porque implica sacar algo que no es necesario, aun así, vemos con paciencia el escenario, nos damos cuenta que la prioridad no son los campesinos, o las personas  afectadas directamente por el flagelo de la violencia o tantas atrocidades perpetradas, la justicia, la verdad y la paz no tienen este alcance.

Uno de los patrimonios de la nación fue vendido a una empresa extranjera en las condiciones más absurdas posibles: subasta, término que no debe usarse cuando en la supuesta negociación solo hay un oferente;  fue vendida a un precio irrisorio, y peor aún, al día siguiente las acciones suben un quince por ciento y se vendió en vacancia judicial. Todo esto resulta inviable y  un demoledor golpe para el país, se deduce que la venta de ISAGEN es  una traición a la nación,  ésta decisión debió ser consultada en las urnas  a los colombianos y éramos nosotros los que deberíamos haber decidido si  deseábamos o no vender un patrimonio fundamental para el desarrollo y el sostenimiento del país. ISAGEN no le pertenece al gobierno. el gobierno es un garante administrativo que vela por los intereses de sus asociados, no es otra cosa y no está allí para tomar decisiones en contra de los afiliados, lo que hizo Juan Manuel Santos es un atropello contra la dignidad, los derechos y el patrimonio de la nación, en todos los gobiernos neoliberales se intentaron cosas como esta, no es un secreto, pero con las voces de protesta y los debates del senado, siempre se dio marcha atrás. Esta vez se desconocieron todos los preceptos y se vendió, sin más dilación. Colombianos indignados protestan, hablan de la terrible decisión. El pueblo desaprueba  las acciones del gobierno nacional, esto  se ha convertido en la suma de errores y decisiones contrarias al argot popular  que peligrosamente bordean el cese de actividades de la nación y la vista inminente de un paro nacional indefinido, necesario para sentar el precedente institucional que demuestre de una vez por todas que el gobierno es un representante del pueblo y no el dueño provisorio de sus recursos, que su poder se legitima en el pueblo y no en otras ficciones que trata de mostrar.

Hace unas semanas el gobierno nacional aumentó el salario mínimo en un siete por ciento, aumentó los impuestos y el IVA y ese coctel molotov pondrá bajo las cuerdas al Presidente Santos, quien seguramente atacará como hacen todos los gobiernos corruptos:  gases lacrimógenos y el ejército que es el mismo pueblo y cuya función es defender las instituciones a todos los colombianos, esos mismos  y toda la propaganda que gira alrededor de la protesta intentaran callarla, denunciarla, arrinconarla y en ultima dirás que es promovida por partidos políticos, terroristas y un sin fin de bandidos que no tienen nada que ver con el dolor de la nación.

Las dispersarán momentáneamente y éstas volverán una y otra vez, pese al velo de ignorancia que aún existe en la sociedad, las personas se han cansado de las medidas que sus gobiernos imponen y ven como el país se derrumba poco a poco, existe un  sentimiento generalizado entre los colombianos  y la consigna: Juan Manuel Santos actual presidente de la República de Colombia es un  traidor, las protestas no pararan, no disminuirán; las calles se inundarán de personas y éstas reclamarán por el derecho y la justicia que a cada Colombiano le corresponde. Sin violencia, sin dejarse tentar por la oscuridad del enemigo por primera vez en la historia un pueblo se levantara de su ruina y caminaran hacia alba con la frente firme, defendiendo los ideales y el patrimonio de sus hijos.

Las palabras que vendió el gobierno se las ha llevado el viento y le quedan pocas horas a las mentiras proferidas por el presidente, el pueblo en su más fantástica representación de la democracia, por primera vez desde Gaitán, se reunirá masivamente y quizás no desee negociar con Santos, sino  llamar a elecciones adelantadas, porque su gobernante es un traidor de su país, personajes de este calibre, desenmascarados, no les queda más remedio que  irse del país con la consigna de no volver nunca más.

El presidente Santos no es un garante de las necesidades del pueblo, al contrario se ha convertido en su enemigo y el pueblo debe tomar las medidas necesarias y ésta no es otra que la revocatoria, un juicio político al presidente y el poder de una Colombia que dignifique a sus habitantes para así sentir orgullo de nuestra patria.

                     Alejandro Jiménez



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