Por: Mohamed Badine El Yattiou, politólogo y experto en geopolítica marroquí, doctor en Ciencia Política por la Universidad de Lyon.
El general Abdel Fattah Al Burhan, líder del Consejo Soberano de Sudán, ha tejido en los últimos años una compleja red de acercamientos simultáneos con Turquía y Egipto, dos potencias regionales que durante la mayor parte de la última década mantuvieron posiciones antagónicas en escenarios como Libia, el Mediterráneo Oriental y el Cuerno de África. Esta paradoja diplomática refleja las tensiones intrínsecas de la política sudanesa en su intento por equilibrar influencias externas sin comprometer su frágil soberanía.
Desde 2013 hasta aproximadamente 2020, Ankara y El Cairo protagonizaron una enconada rivalidad. Mientras Turquía apoyaba al Gobierno de Acuerdo Nacional en Trípoli (encabezado por Fayez al Sarraj), Egipto respaldaba al mariscal Jalifa Haftar en el este libio. Asimismo, la exploración de hidrocarburos en aguas del Mediterráneo enfrentó a ambas potencias, con Turquía desplegando su armada y Egipto alineándose con Grecia y Chipre. Este cisma se extendió a Sudán: Ankara buscó influir mediante acuerdos militares y el uso de la isla roja de Suakin como antigua base otomana, mientras que El Cairo consideraba con recelo cualquier presencia turca en el Mar Rojo, próximo a sus fronteras.
Sin embargo, Al Burhan ha logrado sortear estas contradicciones mediante una diplomacia pragmática de no alineamiento. En 2023, tras el estallido de la guerra civil sudanesa contra las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), tanto Turquía como Egipto ofrecieron apoyo al ejército sudanés. Ankara suministró drones Bayraktar y asesoramiento técnico, mientras que El Cairo envió equipos de inteligencia y reforzó su cooperación en el control de la frontera sur. Esta convergencia forzada responde a intereses comunes: evitar que las RSF, vinculadas por algunos analistas a Emiratos Árabes Unidos y a Wagner (Rusia), consoliden un Estado fallido que desestabilice la región.
No obstante, los desafíos estratégicos persisten. Para Sudán, mantener el delicado equilibrio implica gestionar la presencia militar turca en el Mar Rojo, percibida por Egipto como una intromission y, simultáneamente, no alienar a El Cairo, que ve en Jartum un aliado crucial en la cuestión del llenado de la Gran Presa del Renacimiento Etíope. Asimismo, la competencia geopolítica subyacente entre ambos países sigue latente: Turquía aspira a construir una base naval en Suakin, mientras Egipto prefiere que el control del litoral sudanés permanezca en manos de fuerzas afines a su seguridad nacional. Al Burhan juega así un doble juego táctico, pero a costa de una dependencia creciente que podría fracturar su soberanía si el conflicto se prolonga o si las contradicciones turco-egipcias resurgieren tras las recientes señales de distensión bilateral en 2024.
El creciente apoyo militar de Turquía a las Fuerzas Armadas Sudanesas se ha convertido cada vez más en un elemento determinante de la dinámica cambiante del conflicto. El suministro de drones armados y capacidades conexas ha fortalecido el alcance operativo del ejército y contribuido a alterar el equilibrio de poder en el campo de batalla. Sin embargo, más allá de los cálculos estratégicos que sustentan la participación de Ankara, las consecuencias humanitarias de este apoyo merecen mayor atención. El uso cada vez mayor de la guerra con drones ha coincidido con un fuerte aumento de las bajas civiles y de los ataques que afectan a zonas pobladas e infraestructuras críticas, lo que añade una nueva y preocupante dimensión a la ya devastadora guerra de Sudán.
Si bien Turquía considera su apoyo como parte de una alianza estratégica más amplia con las autoridades sudanesas reconocidas internacionalmente, la proliferación de tecnologías militares avanzadas corre el riesgo de prolongar el conflicto y complicar los esfuerzos para alcanzar una solución negociada. A medida que los actores externos se involucran más profundamente, las cuestiones de responsabilidad se extienden más allá de los objetivos militares inmediatos para abarcar el costo humano general de la guerra. Por lo tanto, cualquier análisis serio de la intervención extranjera en Sudán debe considerar no solo los intereses geopolíticos, sino también el impacto que la asistencia militar externa tiene en la protección de la población civil y en las perspectivas de una paz duradera.
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