Por Silverio José Herrera Caraballo
En Colombia hay preguntas que incomodan, pero que deben hacerse. Y hoy una de ellas resuena con fuerza en la opinión pública: ¿dónde está la primera dama de la nación? La figura de la primera dama, aunque no tiene un rol constitucional definido, históricamente ha representado un puente entre el poder y lo social, entre el Gobierno y las comunidades más vulnerables. No es un cargo formal, pero sí una responsabilidad moral que, bien ejercida, deja huella. Por eso, cuando esa presencia se diluye, cuando se percibe distante o desconectada de las realidades del país, la ciudadanía lo nota… y lo cuestiona.
La actual primera dama, Verónica del Socorro Alcocer García, ha estado más asociada en la conversación pública a escenarios internacionales, eventos sociales y episodios mediáticos que a una agenda social sólida, visible y sostenida en el tiempo. Viajes, encuentros con figuras de la realeza, visitas a la Santa Sede (al Vaticano), apariciones en contextos que, si bien pueden tener un componente protocolario, dejan la sensación de lejanía frente a las urgencias del país.
No se trata de descalificar lo simbólico ni de desconocer la importancia de la representación internacional. Pero Colombia no está para simbolismos vacíos. Colombia necesita liderazgo social, compromiso territorial y presencia constante en las comunidades que claman atención. A esto se suma un elemento que ha generado aún más ruido: los constantes rumores y versiones sobre una supuesta separación con el presidente Gustavo Petro. Sin entrar en el terreno de la vida privada (que merece respeto), lo cierto es que la falta de claridad y la intermitencia en las apariciones públicas conjuntas han alimentado la percepción de una figura institucional difusa, sin norte claro ni rol definido.
Y en política, las percepciones también cuentan. En gobiernos anteriores, independientemente de afinidades ideológicas, las primeras damas asumían causas visibles: infancia, nutrición, educación, discapacidad, cultura. Había una línea de trabajo, una narrativa social, una cercanía con la gente. Hoy, en cambio, muchos colombianos se preguntan: ¿cuál es la bandera social de la actual primera dama? ¿Qué programa lidera? ¿Qué comunidad puede dar testimonio de su impacto directo?
El silencio, en estos casos, también comunica. Más preocupante aún es la sensación de ausencia en momentos clave. En actos donde tradicionalmente la primera dama acompañaba, respaldaba y representaba, hoy su figura no aparece o lo hace de manera esporádica. Y eso no es un asunto menor. En un país con profundas brechas sociales, cada espacio de visibilidad institucional debería ser aprovechado para sumar, para conectar, para servir.
Ahora bien y es quizás lo más triste, desde su tierra, Sucre, muchos esperaban que el paso de una coterránea por la Casa de Nariño marcara un precedente, un legado, una huella imborrable en lo social. Una oportunidad histórica para visibilizar las cinco subregiones, para impulsar causas olvidadas, la economía y/o el turismo del golfo del morrosquillo, apoyar a los damnificados de care´gato, para demostrar que desde las periferias también se puede liderar con grandeza.
Pero esa expectativa, al menos hasta ahora, parece no haberse materializado. No se trata de exigir protagonismo vacío ni de imponer agendas forzadas. Se trata de coherencia. De entender que, en un país como Colombia, ocupar un lugar cercano al poder implica una responsabilidad con millones de ciudadanos que esperan algo más que apariciones esporádicas o titulares pasajeros.
La crítica no es personal; no tendría causa o motivo para hacerlo, es institucional. Es el llamado a que quien ostenta, de facto, una de las posiciones más visibles del país, esté a la altura de las circunstancias. Que transforme la visibilidad en acción, el protocolo en impacto y la representación en servicio. Porque Colombia no necesita primeras damas de vitrina o de espectáculo. Necesita liderazgos con verdadero sentido social, con compromiso real y con presencia donde más se necesita: en el territorio, con la gente, escuchando, gestionando y construyendo.
La pregunta sigue en el aire como titular de película ochentera:
¿Dónde está la primera dama de la nación?
Y más importante aún: ¿cuándo la veremos asumiendo, con decisión y claridad, el papel social que el país espera?
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