ANÁLISIS | Revictimización y falta de respeto a las FFAA. Un presidente delirante
Declaraciones improvisadas, mensajes ambiguos en redes sociales, intervenciones cargadas de ideología en momentos donde debería primar la humanidad.
FFMM

Por: Silverio José Herrera Caraballo

En medio del dolor nacional, cuando Colombia atraviesa episodios que enlutan a decenas de familias y sacuden la conciencia colectiva, lo mínimo que se espera del jefe de Estado es mesura, empatía y sentido de responsabilidad. Sin embargo, lo que hemos presenciado en reiteradas ocasiones por parte del presidente Gustavo Petro dista mucho de ese deber elemental. Sus intervenciones públicas, lejos de unir o reconfortar, parecen profundizar heridas, generar confusión y, en muchos casos, revictimizar a quienes ya cargan con el peso insoportable de la pérdida.

No se trata de un hecho aislado ni de un error circunstancial. Es un patrón preocupante. Declaraciones improvisadas, mensajes ambiguos en redes sociales, intervenciones cargadas de ideología en momentos donde debería primar la humanidad. Cada palabra emitida desde la investidura presidencial tiene un impacto, y cuando esas palabras carecen de sensibilidad o precisión, el daño es doble: institucional y humano.

Las familias de las víctimas no necesitan interpretaciones políticas ni discursos desconectados de su realidad. Necesitan respeto. Necesitan silencio prudente cuando no hay nada constructivo que decir. Necesitan un Estado que acompañe, no que exponga o trivialice su dolor. Y es ahí donde el país comienza a preguntarse si el presidente comprende realmente la dimensión de su rol o si, por el contrario, está atrapado en una narrativa personal que le impide dimensionar las consecuencias de sus palabras.

La reserva militar y policial en general, que hemos alzado nuestras voces en distintos rincones del país, no lo hacemos por capricho ni por cálculo político. Lo hacemos desde la indignación legítima de quienes hemos servido a la patria, de quienes entendemos el sacrificio de portar un uniforme y de quienes hoy vemos cómo ese sacrificio es desdibujado por comentarios desafortunados. No es un reclamo ideológico, es un llamado al respeto básico hacia quienes hemos entregado (y seguimos entregando) nuestras vidas por Colombia.

Resulta profundamente inquietante que, en lugar de actuar como un factor de cohesión nacional, el presidente se convierta en un generador constante de controversia en los momentos más sensibles. En una sociedad polarizada como la nuestra, cada intervención debería ser cuidadosamente medida. Pero lo que observamos es lo contrario: reacciones impulsivas, discursos fragmentados y una constante desconexión con el sentimiento ciudadano.

El liderazgo no se ejerce únicamente desde el poder, sino desde la responsabilidad. Y esa responsabilidad implica saber cuándo hablar, cómo hacerlo y, sobre todo, cuándo guardar silencio. Gobernar no es opinar sin filtro; es entender que cada palabra tiene un peso institucional. Cuando ese principio se pierde, lo que queda es una figura que, lejos de orientar, desorienta. Más grave aún es el efecto acumulativo de estas conductas. La reiteración de mensajes desacertados erosiona la confianza en la figura presidencial y debilita la legitimidad del discurso oficial. No se puede construir país desde la incoherencia. No se puede exigir respeto cuando desde la cúspide del poder no se practica.

Colombia no necesita un presidente omnipresente en redes sociales. Necesita un estadista. Necesita alguien que entienda que el dolor ajeno no es escenario para debates ideológicos ni plataforma para protagonismos innecesarios. Cada tragedia nacional debería ser tratada con la solemnidad que merece, no con ligereza discursiva ni con interpretaciones que terminan ofendiendo a quienes más sufren.

La crítica no busca destruir, busca corregir. Y en este caso, es urgente. Porque mientras el país llora, mientras las familias intentan reconstruir sus vidas en medio del duelo, lo último que necesitan es sentirse utilizadas o ignoradas por quien debería representarlas a todas por igual.

El llamado es claro: más responsabilidad, más respeto y menos improvisación. Colombia no puede seguir siendo testigo de un liderazgo errático en los momentos donde más se requiere firmeza y sensibilidad. El país merece un presidente que esté a la altura del dolor de su gente, no uno que, con cada intervención, profundice la herida que intenta sanar.

Taiwán mantiene su compromiso de fortalecer las comunicaciones y la cooperación con el mundo y de trabajar con la comunidad internacional en contra de la delincuencia transnacional.

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